Equilibrio

Por Noemí García Piña

Equilibrio

La justa medida
El punto intermedio
No logro encontrarlo

Si lloro, lluevo
Si río, estruendo
Si enojo, rayos y centellas
Si feliz, juegos pirotécnicos

Soy influencia
Como fuego
Que se propaga

Mi tristeza, obscurece a los míos
Mi fuerza, los levanta
Mi sonrisa, hace cosas hermosas
Mi enojo, profunda purificación

He intentado ser como la tierra
Sólida y fuerte
El amor que crece
En un lugar fértil y seguro

He querido ser agua
Apacible y serena
Lugar donde la vida fluye
Donde todo se renueva

Me gustaría ser viento
Necesario y refrescante
Impestuoso y majestuoso
A veces despiadado

Pero soy más como fuego
En calma, cálida y confortable
Enardecida, cruel y voraz

Siempre viva
Siempre necesaria
Siempre esperando
Una llama que me haga arder

Para que no pierdas el Este…

Es bonito cuando una se pierde en el tiempo, en cada línea, en lo que el cajón, o la cajita de madera resguarda con tanta nostalgia y agradecimiento. Hay líneas que son tan hermosas como dolorosas.

Tu palabra siempre ha sido poesía, ha sido lucha y símbolo de justicia social, tu palabra enriquece no solo al corazón, encamina a la libertad al escribir sobre la verdad y causas justas.

«Estuve en el pueblo de mi madre al volver, ha sido todo un contraste con el D.F.: aún era primavera, y el aroma de los campos en flor y la tranquilidad de los olivares lo envolvía todo. Es una época hermosa, por las noches el cielo se llena de estrellas y se escucha el cantar de los grillos.

Leí el libro de Kapuscinsky que me regaló tu madre, por favor dile que me encantó. Es uno de los autores que más me han marcado.

Leo mucho y salgo a hacer fotos. Muchos días me acerco a la orilla del mar, como hoy. Te escribo mientras escucho el rumor de las olas. Tiene algo el mar, sienta bien tenerlo cerca. Como si la inmensidad azul se metiera dentro de uno. Ese horizonte lejano en el que se funden el agua y el cielo. La posibilidad de navegar más allá. A otros mundos.

Sigues estando presente. Cuando sale el sol, me recuerda tu sonrisa; el color del café, tus ojos oscuros. La suave brisa de verano el tacto de tu piel . La miel, tus labios. Y la luna me recuerda tu voz diciéndome que la mire.

Tus cartas llegaron en desorden. Me emocionaba al recibirlas, pero después de leerlas me quedaba un sabor amargo y la impresión de haberlas leído antes (…)

¿Acaso quien no se ama es capaz de dar amor a los demás? ¿De luchar por un amor o por un ideal? Y tú has luchado mami, luchaste por nosotros. No dejes que la tristeza y el malestar te empañen. Puedes estar orgullos de ti misma y yo estoy orgulloso de ti.

Un día apareciste, y me maravillaste, y te metiste en el pecho y sembraste mis labios con tus besos. Hay días en que me acuerdo de él, nuestro hijo. Quería conocerlo, ver nuestra mezcla, nuestro fruto.

Con el tiempo estaremos bien. No sé si algún día nos volveremos a ver. Me gustaría, ojalá que seas feliz.

Aún sueño contigo. Sueño que una noche vamos juntos a la vera del mar y que desnudos bajo las estrellas y la luna blanca hacemos el amor y nos fundimos como la noche y el día en un amanecer, hasta el amanecer.»

A.

Cartas a Bengoa Martín

II
Escribirte con la angustia de desconocer tu respuesta 
escribirte luego de días y meses de ausencia 
escribirte para compartirte no más que la tristeza de una muerte.

Es duro el frío de leerte y sentir la distancia entre los dos
no sólo esa distancia entre tu lugar y el mío 
es esa distancia y frío que nos vacían el alma.

Pensé que el tiempo calmaba la tempestad del alma  
pero siempre llega el frío que me quema el cuerpo 
pero siempre llega el frío que me entumece los dedos 
el mismo que me limitó a hablarte sólo sobre la muerte.